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22 de noviembre de 2011

Fábulas

Jean de La Fontaine / Marc Chagall



Traducido por Marta Pino Moreno

«Él la engatusa, ella le halaga;
él no halla en ella nada de gata,
y, llevando el error hasta el extremo,
la cree mujer en todo y por entero».


Exhortaciones morales, máximas para la supervivencia, instrumento pedagógico, pero también tentativa de comunicación del ser humano con la naturaleza, las Fábulas escritas por Jean de La Fontaine a la sombra del Rey Sol recogen y trascienden una tradición que hunde sus raíces en la Antigüedad y beben de diversas vertientes literarias, orientales y occidentales, para entregarse a la poesía con mayúsculas.

«¿Encargar la ilustración de La Fontaine, un poeta tan esencialmente francés, a un ruso, y nada menos que a Chagall? ¡Qué sacrilegio!». L’Art vivant, 15 de diciembre de 1927

Presentadas por primera vez en París en 1930, las ilustraciones de Marc Chagall para las Fábulas provocaron virulentas reacciones, tintadas de abierto antisemitismo, por parte de algunos críticos de la época: «¿Cómo un judío eslavo osaba acercarse al alma latina?» —se llegó a sugerir—. Mientras, otras voces descubrían un nuevo lenguaje, onírico y colorista, que recogía gran parte de los avances de las vanguardias y mostraba la necesidad de revitalización de la cultura francesa del período.

En la presente edición Libros del Zorro Rojo recupera cuarenta y tres gouaches firmados por Chagall para las Fábulas de La Fontaine, un conjunto que constituye un tramo vital del artista en el que se reafirma su genio a medida que crece su notoriedad, en el que se consolida su inserción social como migrante al tiempo que su arte se distingue y marca una época.

18 x 26,5 cm, 112 pp, Cartoné con sobrecubiertas
ISBN: 978-84-9241-274-7

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Marc Chagall

Vitebsk, 1887 – Saint-Paul-de-Vence, 1985



«Quizás es mi arte […] el arte de un demente, mercurio centelleante, un alma azul que invade mis cuadros», dijo de sí mismo Marc Chagall, creador de un universo visual poblado de recuerdos infantiles, tradiciones folclóricas y literarias, historias bíblicas y anécdotas convertidas en escenas intemporales. Nacido en una familia judía de Vitebsk (actual Bielorrusia), Chagall es uno de los artistas más relevantes del siglo XX. Tras un período formativo en San Petersburgo, su pintura adquiere en París los colores del fauvismo y las formas del cubismo. Después de la Revolución rusa pinta decorados para el Teatro Judío de Moscú y comienza un período clave del que nacen obras como «La Promenade» o «Au dessus de la ville», pero la emergencia de la abstracción impuesta por el nuevo régimen le lleva a buscar nuevos horizontes. Al finalizar Mi vida, su autobiografía ilustrada, inicia un periplo que le llevará, en 1923, definitivamente a París, donde el influyente marchante Ambroise Vollard le encarga la ilustración de Almas muertas de Gogol y de las Fábulas de La Fontaine. André Breton dijo: «Con él, y solo con él, la metáfora emprende su regreso triunfal a la pintura moderna». El nazismo lo incluye en la exposición Arte degenerado y en 1941 se refugia en Nueva York. De regreso a Francia en 1948, decora la Catedral de San Esteban de Metz y la Ópera de París. Trabaja el fresco, la cerámica, la vidriera y el tapiz, e inicia el ciclo del Mensaje Bíblico, donado al Estado francés para el museo que lleva su nombre en Niza. Sin haber abandonado nunca el trabajo, fallece a los noventa y siete años el 28 de marzo de 1985. Picasso había dicho de él: «Debe tener un ángel en algún lugar de su cabeza».

Jean de La Fontaine

Château-Thierry, 1621 – París, 1695



El nombre de Jean de La Fontaine marca un tramo fundamental de la literatura francesa del Grand Siècle. Nacido en una familia acomodada proveniente del funcionariado de Luis XIII, y tras un breve paso por un seminario parisino, entró en contacto con el mundo cortesano —al que accede tras licenciarse en derecho— y la poesía, que comienza a practicar en su pueblo natal, declamando oculto en la espesura del bosque. Las tareas de gestión forestal heredadas de su padre en 1652 suponen una carga pero le permiten el contacto con un hábitat natural, escenario de sus Fábulas; «A menudo encontramos nuestro destino en los caminos que tomamos para evitarlo». Mantuvo una constante cercanía al poder: entre sus mecenas se contaron el influyente ministro Fouquet, así como varias de las nobles y favoritas de la corte de Luis XIV. Activo en el clima intelectual parisino, formó parte del llamado Cuarteto de la Rue du Vieux Colombier, junto a Molière, Racine y Boileau, en 1684 ingresó en la Académie française, donde tomó parte en las intrigas, políticas y estéticas, que dieron lugar a la querella entre antiguos y modernos. Inclinado hacia los primeros, basó su carrera en una personal relectura de los clásicos, pero también recuperó tradiciones no europeas, como en las Fables choisies, mises en vers, dedicadas al Delfín de Francia. Legó asimismo lúcidas piezas de teatro y cuentos, entre ellos una colección de relatos licenciosos que le ocasionaron problemas con la censura. En 1693, obligado a renegar de su obra erótica prometió dedicarse a «obras piadosas». Murió en 1695 el escritor al que Flaubert considerará el único de su época capaz de entender y dominar las texturas de la lengua francesa.