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23 de junio de 2016

Literatura, arte y memoria viva


El viernes 17 de junio, en la librería La Memòria de Barcelona, conseguimos reunir en una sola mesa literatura, arte y memoria viva. Se trataba de la presentación del libro El viejo del puente, de Hemingway. Intervinieron el crítico literario Sebastià Bennasar, que ofreció la contextualización literaria de la obra; Pere Ginard, el ilustrador del libro; y Maria Estela Ferré, escritora y protagonista de los hechos que narra el relato. Un relato que nos emplaza en un puente de barcas sobre el río Ebro, en el año 1938. Allí un soldado republicano trata de convencer a un anciano de Amposta para que siga caminando y se aleje lo antes posible del inminente ataque aéreo de las tropas fascistas.   
















Maria Estela Ferré, también de Amposta, tenía seis años cuando, al igual que miles de personas “sin ideas políticas”, se vio obligada a abandonar su casa y huir del frente, de la guerra y de la muerte. Su testimonio, sin embargo, estaba lleno de crudeza y de esperanza, un mensaje que hacemos nuestro desde la editorial, y que también creemos presente en las ilustraciones realizadas por Pere Ginard a partir de fotografías de la Guerra Civil, expuestas en las paredes de piedra de esta librería de Gràcia hasta el día 15 de julio.

















Contamos con nuestros lectores para que este libro se convierta en un eslabón más de la cadena de encuentros imprescindibles que sirvan de marco para la reflexión y el diálogo sobre las víctimas de esta y todas las guerras.





















13 de junio de 2016

Hemingway no estuvo en Vinaròs (pero su prosa sí)


Ernest Hemingway (1899 - 1961) no es ningún caso el mejor novelista del mundo. Si analizamos el conjunto de su producción en este género, podemos encontrar muy pocas obras realmente brillantes o interesantes (Fiesta, Adiós a las armas, Islas a la deriva). En cambio, como cuentista, Hemingway es uno de los mejores de la historia. Al menos para mí. Creador de la teoría del iceberg —como él mismo explicaba, un relato es la parte emergente de un iceberg y todo lo que sugiere; el 90 % queda bajo el agua y tendrá que aportarlo el lector— , su libro Los cuarenta y nueve primeros cuentos tendría que estar en la estantería de cualquier autor que quiera escribir relatos. Algunos consideran que Hemingway era un tipo mucho más preocupado por su imagen pública que por su escritura, pero al leer sus relatos —así como las novelas mencionadas y el sensacional libro de ¿memorias? París era una fiesta— cualquiera se da cuenta que no tiene razón los que afirman esto, o como mínimo, que no tienen razón en cuanto al Hemingway anterior a 1936-1939.

















Entre toda la producción cuentística de Hemingway hay un texto que me robó el corazón y que aprovecho en todos los cursos de escritura que hago: El viejo del puente, una pieza de 1938 que resume perfectamente los horrores de todas las guerras en el personaje de un pobre viejo que ha andado doce kilómetros desde Sant Carles de la Ràpita hasta un puente de barcazas encima del Ebro, y que ya no puede más. Todo el horror de las guerras se concentra en poco más de dos páginas de perfecto diálogo.




Ahora este cuento ha sido publicado como pieza individual por Libros del Zorro Rojo. Se recupera así la excelente traducción que Jodri Arbonès hizo de los relatos de Hemingway —se habla de ello en la magnífica correspondencia mantenida con Manuel de Pedrolo a lo largo de muchos años — y el libro se acompaña de un epílogo de Ian Gibson que contextualiza el relato, y de una cronología de la Guerra Civil para enmarcarlo.

















Lo importante del libro, como es habitual en esta casa, son las sensacionales ilustraciones realizadas por Pere Ginard expresamente para la obra. En ellas pone rostro a este hombre derrotado descrito por Hemingway, pero también al horror de la guerra: un trabajo que bebe de las fotografías clásicas de la época y que convierte el libro en una pequeña obra de arte de esas que te llaman por sí solas.
















Me pasó el fin de semana en Vinaròs. Yo estaba a punto de pedir a Mariola Nos que me dejara imprimir el cuento de Hemingway para poder leerlo a las alumnas del taller de relato breve que montó en su librería —Bolaño, otro de los autores que siempre hago leer junto con Quim Monzó, Manuel Moya, Alice Munro o Carson McCullers; diría que su existencia (la de la librería) es un milagro que lleva a pensar que la humanidad hace un paréntesis en su camino a la perdición— cuando me giré y allí, en el estante, estaba El viejo del puente, con una portada que parece de western, una tipografía de cine y el reclamo de los grandes nombres en la portada.






     —Este libro tiene que ser mío —le dije a Mariola, supongo que con la cara que ponen los piratas cuando finalmente encuentran el tesoro.

Y ella lo entendió, porque su pequeña librería está llena de tesoros. Libros ilustrados, poemarios, ensayos de raros cerebritos valencianos que desde Fuster han revolucionado el arte de pensar, un sofá que ha acogido los culos más leídos de nuestra literatura, paredes con cuadros, un reloj que da las horas cuando quiere y gente fantástica que escribe sobre la primera máquina de escribir que llegó al pueblo de contrabando, a la playa de los años cincuenta, en un barco pesquero lleno de langostinos o de viudas alemanas… El espacio es mágico, tanto como este cuento que se tiene que leer y releer porque Hemignway, en 1938, ya se anticipó a todas las guerras. Finalmente el libro fue mío y ahora, con letra grande y con el tesoro encontrado de Pere Ginard, pasa a formar parte del único patrimonio que vale la pena: el de los libros que guardaremos por siempre jamás en el estante.

Sebastià Bennasar

31 de marzo de 2016

El viejo del puente

Ernest Hemingway


















Pere Ginard (Ilustraciones)
Ian Gibson (Epílogo)

En plena ofensiva fascista, en algún lugar del Ebro, un anciano parece anclado a un puente, incapaz de reaccionar. No se sabe si espera la muerte o huye de ella. Se ha visto forzado a abandonar su pueblo natal y lo ha perdido todo por culpa de la barbarie de la guerra. Mientras los republicanos evacúan el lugar, el narrador, un soldado encargado de reconocer las inmediaciones, se dirige a él: 

  —¿Y no tiene familia? —pregunté, observando el otro extremo del pontón, hacia donde bajaban de prisa, por la orilla del río, los últimos carros. 
—No, solo los animales que mencioné. El gato, por supuesto, no tendrá problemas. Los gatos saben cuidarse, pero no quiero ni pensar qué pasará con los demás. 
—¿Qué ideas políticas tiene? —pregunté. 
—No tengo ideas políticas. Tengo setenta y seis años. He caminado doce kilómetros y no creo que pueda caminar más.

















En una situación tan efímera como el encuentro en un puente entre un anciano y un soldado, Hemingway condensa la trayectoria de toda una existencia. Perfila, sin dibujarla, la línea de una vida anterior y sugiere, sin contarlo, lo que está sucediendo en ese mismo instante y las posibilidades que emergen de una vida futura —o truncada—. 

Sin embargo, esta prosa sumergida se erige como la parte más importante de la historia. Más aún que la punta del iceberg: en apariencia, un relato sencillo sin acción; o el retrato de un héroe duro y resistente, elegante en el sufrimiento, como los que le gustaba retratar en sus obras.

Hemingway compuso este relato cuando trabajaba en España como corresponsal durante la Guerra Civil, a partir de una noticia que envió por cable el 17 de abril de 1938, Domingo de Resurrección. El viejo del puente vería la luz ese mismo año, en forma de relato y no de crónica, primero en la revista Ken Magazine, y poco después, como parte del libro Cuarenta y nueve primeros cuentos.



El epílogo de Ian Gibson, especialista en historia contemporánea, ofrece de forma precisa y rigurosa la contextualización de los hechos que subyacen bajo el cuento. Mientras que su pormenorizado análisis permite comprender los sucesos inmediatamente anteriores y posteriores a la acción del relato —la evacuación de Amposta—, la cronología que incluye la edición ofrece una visión general de la contienda:

Estamos en abril de 1938. España lleva veintidós meses sumida en una guerra civil, cada vez más despiadada por el decisivo apoyo de Hitler y Mussolini a los sublevados. El número de víctimas, tanto en los campos de batalla como en ambas retaguardias, asciende ya a centenares de miles.

El trabajo de ilustración de Pere Ginard, de tono quietamente dramático, es el complemento ideal del estilo de Hemingway. Para esta serie se ha inspirado tanto en los fotomontajes de John Heartfield y el cartelismo de la época, como en autores emblemáticos de la fotografía de guerra —Gerda Taro y Robert Capa— y la aplicación del color de su admirado Antonio López.




En este breve relato, instantánea de concisa elocuencia sobre las víctimas de la Guerra Civil española, se cifra la calidad de la obra de Hemingway. Fue precisamente la prosa extraordinaria de sus libros de relatos —«tersa y directa, que enseñaba a asumir la vida en su totalidad», en palabras de Enrique Vila-Matas— la que le granjeó el prestigio como escritor.













El viejo del puente es una obra excepcional que cuenta una única historia, la de las víctimas de cualquier conflicto, en dos registros; atractiva para expertos y profanos tanto en el tema de la Guerra Civil como en la literatura de Hemingway; que posee un valor testimonial por la base fotográfica de las ilustraciones, y que incluye los elementos necesarios para ubicar los hechos en el contexto histórico.


Tamaño: 16,5 x 24 cm; 96 pp.; Cartoné con sobercubierta
ISBN: 978-84-944942-6-0
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30 de marzo de 2016

Pere Ginard

Mallorca, 1974





















Ilustrador, cineasta y cofundador del estudio multidisciplinar Laboratorium. Estudió Bellas Artes en la Universidad de Barcelona e Ilustración en la Escuela Massana. Como ilustrador ha obtenido numerosos premios, como el Injuve 2000, el de Álbum Infantil Ilustrado Ciudad de Alicante y el Junceda de ilustración infantil-juvenil. Sus trabajos se han expuesto en la Feria del Libro Infantil de Bolonia, el Itabashi Art Museum de Tokio y el Nami Concours de Corea.

www.pereginard.com