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22 de octubre de 2015

Robinson Crusoe

Daniel Defoe 














Carybé (Ilustraciones)





















«Cierta mañana, a eso del mediodía, yendo a visitar mi bote, me sentí grandemente sorprendido al descubrir en la costa la huella de un pie descalzo que se marcaba con toda claridad en la arena. Me quedé como fulminado por el rayo, o como en presencia de una aparición. Escuché, recorriendo con la mirada en torno mío; nada oí, nada se dejaba ver. Trepé a tierras más altas para mirar desde allí; anduve por la playa, inspeccionando cada sitio, pero nada encontré como no fuera esa única huella».



Flaco, de ojos grises, nariz aguileña, mentón afilado y con un gran lunar junto a la boca. Así perfila Virginia Woolf la enigmática figura que se esconde tras Robinson Crusoe, Daniel Defoe, quien además de polémico escritor, fue un pésimo negociante y un espía de lealtades cambiantes. En la primera edición del libro, impreso en Londres el año 1719, ni siquiera aparecía como autor en la cubierta: debía entenderse como un libro de memorias redactado por el propio náufrago.


















Escrita en una época en que la literatura de aventuras perseguía un objetivo moralizante, la obra parece estar lejos de ser indiferente a esa exigencia. Así, Robinson Crusoe da forma a la historia de un héroe que podría encajar en el modelo bíblico de desobediencia, castigo, arrepentimiento y liberación; por eso consideró, en palabras de Italo Calvino, «la Biblia de las virtudes mercantiles, la epopeya de la iniciativa individual». Sin embargo, aún hoy la moraleja resulta ambigua: pese a que en las primeras páginas el padre de Robinson le recomienda encarecidamente que olvide su desatinado afán de navegar y se haga cargo de los negocios familiares, su desobediencia le conduce tras un angustiado periplo a la riqueza y buenaventura.


















A partir de una realidad histórica, pues era costumbre en la época abandonar a su suerte a un navegante en una isla desierta por razones disciplinarias, y de la experiencia real del náufrago Alexander Selkirk, nació Robinson Crusoe, la obra literaria más leída durante el siglo XIX. En 1902, cuando Georges Méliès la llevó al cine, trascendió la literatura por primera vez, a la que seguirían muchas otras adaptaciones. Así, la obra de Defoe «poeta de la paciente lucha del hombre con la materia, de la humildad, dificultad y grandeza del hacer» había nacido un arquetipo de la literatura universal.



















En 1945 la editorial Viau dio al mundo una edición excepcional de Robinson Crusoe que contó con una primera tirada limitada de ochocientos ejemplares. La obra de Daniel Defoe, padre de la novela inglesa, se unía para siempre a la primera traducción literaria de uno de los mejores escritores latinoamericanos de todos los tiempos, Julio Cortázar, quien ya venía traduciendo desde 1937 para la revista Leoplán. Ambas, además, se enlazaban a la obra del consagrado artista argentino-brasileño Héctor Julio Páride Bernabó o Carybé, que a más de setenta ilustraciones en blanco y negro sumó nueve láminas a color que dotaron de un valor único a la edición.

















Como Robinson, que solamente logró encontrar sosiego en aquella isla su isla, Carybé, nacido en Argentina descubrió en Bahía, en su caudal inmemorial, el único terreno posible donde labrar su identidad.


Traducción: Julio Cortázar
Tamaño: 18 x 24 cm; 592 pp.; Cartoné con lomo suizo
ISBN: 978-84-944160-4-0
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Carybé

Buenos Aires, 1911 - Salvador de Bahía, 1997













La trayectoria estética y vital de Héctor Julio Páride Bernabó estuvo siempre marcada por un afán indagador y peregrino. Tras cursar bellas artes en Río de Janeiro, regresó a Buenos Aires, donde coincidió con Julio Cortázar en El Diario. Allí se unió al Grupo de Salta, cuyos integrantes orientaban su mirada artística hacia las culturas indígenas y afroamericanas. Carybé, que ya había perdido entonces todo interés hacia las experimentaciones vanguardistas, comenzó a viajar por Sudamérica —recorrió la selva del Chaco, Bolivia y Perú— y a reconocerse en un modo de ser más autóctono, caracterizado por la veneración de la madre tierra y la trascendencia del carnaval. Sin embargo, fue en Bahía (Brasil) donde se embebió en todo un torrente de cultos, tradiciones y legados artísticos que encauzó hacia su propia creación y que asumió como parte de su identidad. Enamorado de sus paisajes y sus gentes desde su primera visita en 1938, a los cuarenta años se radicó en Salvador, donde, en palabras de Jorge Amado, «echó raíces tan hondas como ningún ciudadano allí nacido y amamantado. Bebió con avidez esa verdad y ese misterio, e hizo de Bahía la carne de su carne y la sangre de su sangre».