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16 de octubre de 2013

Marcovaldo

Italo Calvino














Alessandro Sanna (Ilustraciones)

«Tenía este Marcovaldo un ojo poco adecuado a la vida de la ciudad: carteles, semáforos, escaparates, rótulos luminosos, anuncios, por estudiados que estuvieran para atraer la atención, jamás detenían su mirada, que parecía vagar por las arenas del desierto».



















Marcovaldo, un obrero, padre de familia numerosa y subalimentada, es un hombre con problemas económicos, y el progreso humano no lo beneficia: para él no es sino una escalada depredadora que le causa melancolía.




















Texto delicioso, Marcovaldo o sea las estaciones en la ciudad, es, como todas las obras de Italo Calvino, una tierna invitación a la reflexión sobre las circunstancias de la vida urbana y la relación del habitante de la ciudad con una naturaleza que solo se le insinúa y apenas lo roza.




















La vitalidad de estos relatos es tributaria no solo de su motivación argumental sino también de la profunda energía poética que los impulsa. 





















Traducción: Juan Ramón Masoliver
Tamaño: 16,5 x 24 cm; 192 pp. Cartoné con sobrecubierta
ISBN: 978-84-9416-192-6
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Italo Calvino

Santiago de las Vegas, Cuba, 1923 - Siena, Italia, 1985












De Italo Calvino dijo Cesare Pavese que era una «ardilla de la pluma». El lector familiarizado con sus fantasías barrocas y desbordantes, cómplice a veces incómodo, bien puede compartir esa definición abierta. El Calvino que hizo famoso a Calvino, que comienza en El vizconde demediado (1952) y termina en los ensayos recopilados bajo el título de Lecciones americanas (1985), tiene precedente en el joven escritor que en la década de los cuarenta se adscribía al neorrealismo. En 1957, Calvino afirmó que ya no podía escribir novelas de tipo tradicional porque «nosotros miramos el mundo mientras vamos cayendo por el hueco de una escalera». Sentenció que «la memoria de la imaginación es también una memoria», haciendo así profesión de fe del oficio creador. Calvino participó de forma activa en el debate político de su país, fue miembro de las organizaciones partisanas, con las que intervino en acciones de guerra; a esta experiencia dedicó El sendero de los nidos de araña, el más bello ejemplo de literatura de la resistencia. Las obras que lo hicieron célebre en todo el mundo son El barón rampante, El caballero inexistente, Las cosmicómicas, Las ciudades invisibles y Marcovaldo. «¿Libro para niños? ¿Libro para jóvenes? ¿Libro para adultos? Hemos visto cómo estos planos se enlazan de continuo». Calvino destaca como patrón de una ética lúcida y refinada, transformada en textos, y el efecto es milagroso. Su literatura es considerada un tesoro cultural en Italia.

19 de abril de 2013

Los buenos propósitos

Italo Calvino, (1923-1985)


















El Buen Lector espera las vacaciones con impaciencia. Para las semanas que pasará en una solitaria localidad marítima o montañosa, ha reservado cierto número de lecturas de las que más le gustan y saborea por anticipado el placer de las siestas a la sombra, el crujir de las páginas, el abandonarse a la fascinación de otros mundos a través de las tupidas líneas de los capítulos.

En cuanto se acercan las vacaciones, el Buen Lector se da una vuelta por las librerías, hojea, olfatea, se lo piensa, vuelve al día siguiente y compra; en su casa saca de las estanterías volúmenes aún intactos y los alinea entre los sujetalibros de su escritorio.

Es la época en que el alpinista sueña con la montaña que pronto escalará, y también el Buen Lector elige su montaña para dejarse la piel en ella. Por poner un ejemplo, se trata de uno de los grandes novelistas del siglo XIX, del que nunca podrá decirse que se ha leído todo, o cuya mole siempre impuso un poco de respeto al Buen Lector, o cuyas lecturas hechas en épocas y edades dispares dejaron unos recuerdos demasiado confusos. Este verano, por fin, el Buen Lector está decidido a leer de verdad a este autor; quizá no pueda leerlo todo durante las vacaciones, pero en esas semanas atesorará una base inicial de lecturas fundamentales, y después, durante el resto del año, podrá colmar fácilmente y sin prisa sus lagunas. Entonces buscará las obras que pretenda leer en sus versiones originales, si se trata de una lengua que conozca, o si no, en la mejor traducción; prefiere los gruesos volúmenes de las ediciones de obras completas pero no desdeña los libros de bolsillo, más apropiados para leer en la playa, bajo los árboles o en el autocar... Las vacaciones no habrán sido en vano y el Buen Lector regresará enriquecido de un nuevo mundo fantástico.

Se entiende que esto no es más que plato principal, luego habrá que pensar en la guarnición. Están las últimas novedades editoriales de las que el Buen Lector quiere ponerse al día, así como las nuevas publicaciones en su ramo profesional, y para leerlas es imprescindible aprovechar esos días; y también hay que elegir algún libro de características distintas a todos los demás ya escogidos para variar y tener la posibilidad de frecuentes interrupciones, pausas y cambios de registro. Ahora, el Buen Lector tiene ante sí un plan detalladísimo de lecturas para todas las ocasiones, horas del día y estados de ánimo. Si encuentra una casa de vacaciones, quizás una casa antigua llena de recuerdos de la infancia, ¿puede haber algo más bonito que colocar un libro en cada habitación, uno en el porche, otro en la mesilla de noche, otro en la hamaca?

Es la víspera de la partida. Los libros escogidos son tantos que para transportarlos necesitaría un baúl. Comienza la labor de limpieza: «En cualquier caso este no lo iba a leer, este es demasiado pesado, este no es urgente», y la montaña de libros se desmorona, se reduce a la mitad, a un tercio. De este modo, el Buen Lector se encuentra con una selección de lecturas esenciales que darán lustre a sus vacaciones. Después de hacer las maletas, todavía se quedan fuera algunos volúmenes. El programa acaba reducido a unas pocas lecturas pero todas sustanciosas: estas vacaciones serán una etapa importante en la evolución espiritual del Buen Lector.

Los días empiezan a pasar deprisa. El Buen Lector se halla en excelente forma para hacer deporte y acumula energías a fin de alcanzar la condición física ideal para leer. Pero después de comer le entra tanto sueño que se queda dormido toda la tarde. Hay que hacer algo y para ello es de gran ayuda la compañía, que este año es insólitamente agradable. El Buen Lector hace muchas amistades y se pasa la mañana y tarde en la barca, de excursión, y al anochecer se va de juerga hasta muy tarde. Por supuesto, para leer se requiere soledad: el Buen Lector medita un plan para escabullirse. Alimentar su inclinación por una joven rubia puede ser el mejor camino. Pero con la joven rubia se pasa la mañana jugando al tenis, la tarde jugando a la canasta y la noche bailando. En los momentos de descanso, ella no se calla nunca.

Las vacaciones han terminado. El Buen Lector vuelve a colocar los libros intactos en la maleta, piensa en el otoño, en el invierno, en los rápidos y cortos cuartos de hora que dedicará a la lectura antes de dormirse, antes de salir corriendo a la oficina, en el tranvía, en la sala de espera del dentista…

Mundo escrito y mundo no escrito. Italo Calvino, 1952. Editado por Siruela.