13 de junio de 2016

Hemingway no estuvo en Vinaròs (pero su prosa sí)


Ernest Hemingway (1899 - 1961) no es ningún caso el mejor novelista del mundo. Si analizamos el conjunto de su producción en este género, podemos encontrar muy pocas obras realmente brillantes o interesantes (Fiesta, Adiós a las armas, Islas a la deriva). En cambio, como cuentista, Hemingway es uno de los mejores de la historia. Al menos para mí. Creador de la teoría del iceberg —como él mismo explicaba, un relato es la parte emergente de un iceberg y todo lo que sugiere; el 90 % queda bajo el agua y tendrá que aportarlo el lector— , su libro Los cuarenta y nueve primeros cuentos tendría que estar en la estantería de cualquier autor que quiera escribir relatos. Algunos consideran que Hemingway era un tipo mucho más preocupado por su imagen pública que por su escritura, pero al leer sus relatos —así como las novelas mencionadas y el sensacional libro de ¿memorias? París era una fiesta— cualquiera se da cuenta que no tiene razón los que afirman esto, o como mínimo, que no tienen razón en cuanto al Hemingway anterior a 1936-1939.

















Entre toda la producción cuentística de Hemingway hay un texto que me robó el corazón y que aprovecho en todos los cursos de escritura que hago: El viejo del puente, una pieza de 1938 que resume perfectamente los horrores de todas las guerras en el personaje de un pobre viejo que ha andado doce kilómetros desde Sant Carles de la Ràpita hasta un puente de barcazas encima del Ebro, y que ya no puede más. Todo el horror de las guerras se concentra en poco más de dos páginas de perfecto diálogo.




Ahora este cuento ha sido publicado como pieza individual por Libros del Zorro Rojo. Se recupera así la excelente traducción que Jodri Arbonès hizo de los relatos de Hemingway —se habla de ello en la magnífica correspondencia mantenida con Manuel de Pedrolo a lo largo de muchos años — y el libro se acompaña de un epílogo de Ian Gibson que contextualiza el relato, y de una cronología de la Guerra Civil para enmarcarlo.

















Lo importante del libro, como es habitual en esta casa, son las sensacionales ilustraciones realizadas por Pere Ginard expresamente para la obra. En ellas pone rostro a este hombre derrotado descrito por Hemingway, pero también al horror de la guerra: un trabajo que bebe de las fotografías clásicas de la época y que convierte el libro en una pequeña obra de arte de esas que te llaman por sí solas.
















Me pasó el fin de semana en Vinaròs. Yo estaba a punto de pedir a Mariola Nos que me dejara imprimir el cuento de Hemingway para poder leerlo a las alumnas del taller de relato breve que montó en su librería —Bolaño, otro de los autores que siempre hago leer junto con Quim Monzó, Manuel Moya, Alice Munro o Carson McCullers; diría que su existencia (la de la librería) es un milagro que lleva a pensar que la humanidad hace un paréntesis en su camino a la perdición— cuando me giré y allí, en el estante, estaba El viejo del puente, con una portada que parece de western, una tipografía de cine y el reclamo de los grandes nombres en la portada.






     —Este libro tiene que ser mío —le dije a Mariola, supongo que con la cara que ponen los piratas cuando finalmente encuentran el tesoro.

Y ella lo entendió, porque su pequeña librería está llena de tesoros. Libros ilustrados, poemarios, ensayos de raros cerebritos valencianos que desde Fuster han revolucionado el arte de pensar, un sofá que ha acogido los culos más leídos de nuestra literatura, paredes con cuadros, un reloj que da las horas cuando quiere y gente fantástica que escribe sobre la primera máquina de escribir que llegó al pueblo de contrabando, a la playa de los años cincuenta, en un barco pesquero lleno de langostinos o de viudas alemanas… El espacio es mágico, tanto como este cuento que se tiene que leer y releer porque Hemignway, en 1938, ya se anticipó a todas las guerras. Finalmente el libro fue mío y ahora, con letra grande y con el tesoro encontrado de Pere Ginard, pasa a formar parte del único patrimonio que vale la pena: el de los libros que guardaremos por siempre jamás en el estante.

Sebastià Bennasar

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